viernes, 1 de diciembre de 2017

Mujeres y otras deidades (II)

[...] Dios, sereno e imperturbable, con toda la justicia digna de un tirano, en un chasquido acabó con sus vidas. Ambos cuerpos quedaron enlazados, esparcidos sobre el suelo, sin más rastro que el de una vida bien vivida.

     Lo que Dios desconocía era que esa mujer estaba llena de pecados, mismos que le otorgarían su entrada al infierno. Había librado una simple batalla contra un mortal, era cierto, pero una más grande le aguardaba contra el demonio...
     

     SEGUNDA PARTE: UN ENCUENTRO CON LA MUERTE

—¿Quién lo diría, no? Todo mundo piensa que Dios actúa con sensatez, que castiga sólo aquello que atenta contra la bondad, contra la vida, contra el amor... Es cierto que no he sido buena, que soy más llamas que cielo, pero ¡Vamos, he hecho cosas peores, cosas realmente fuera de lugar! ¿Y matarme por un beso, por su simple egoísmo? No cabe duda, ni Dios mismo puede controlar el amor. Quizás vaya siendo hora de quitarlo del puesto, quizás sea tiempo de que se de cuenta que su omnipotencia no es invencible, que, como todo y todos, es vulnerable...

     La chica estaba extasiada. No comprendía cómo pero sabía que Él era el culpable. Lo supo por la manera en que estrujó su corazón hasta destrozarlo, su mano divina le había hecho sentir una energía impresionante, el mayor orgasmo que nadie le había otorgado. La Muerte la escuchaba furiosa; pese a todo el historial de pecados que cargaba consigo, sentía que no era hora de que aquella mujer visitara el infierno, que si había nacido para pecar, lo menos que podía hacer era envejecer con ello, viviendo con la misma intensidad con la que lo había hecho hasta entonces. 

     —¿Y por qué es que llorabas?
     —Porque de eso se trata, de sentir. Mis lágrimas no eran porque las cosas salieran mal, o por mis malas notas en la universidad o por los problemas en casa. Nada de eso. Si lloré es porque lo necesitaba, porque me aturde la felicidad eterna, porque no se vive de un sólo sentimiento. ¿Te imaginas? Toda una vida con una sonrisa en el rostro, o con el ceño fruncido o la mirada triste, ¡No lo lograría! No soporto la monotonía ni las repeticiones. Es por eso que cambio continuamente de rumbos. A veces mi camino lleva alcohol, otra veces drogas, amores pasajeros, triunfos deportivos y escolares, malas rachas, corazones rotos o incluso tardes de cama, café y libros. Y lo mejor de todo es que es mi decisión. Yo sé cuando quiero y cómo quiero hacer las cosas. Nadie me domina, ni siquiera la menstruación. Es cierto, a veces fastidia tanta intermitencia, pero es mejor que la rutina.
      —Ojalá puedas decir lo mismo entrando en el infierno... 
      —Las ganas me están matando. 

      ¡Qué extraña era esa mujer! Todo aquél que llegaba lloraba por su deceso. No paraban de decir que no era justo, que no habían terminado de ser felices, que no habían hecho lo que alguna vez se propusieron, que los devolvieran a la Tierra. Todos prometían arrepentirse, dejar los malos actos y ver por los demás si los dejaban volver a la vida. Después de todo la Muerte también funcionaba como sacerdote, no había quien se despidiera sin confesarse con ella antes.

     —¿Crees que te hayan faltado cosas por hacer en vida? 
    —Por supuesto que sí, pero te puedo asegurar que hice más en veinte años que muchas personas en toda su miserable existencia...
     —No te recomiendo que digas eso frente a los individuos que te acompañarán al lugar a donde vas...
     —¿Y qué importancia tiene? Ya estoy muerta de todas formas
      
     Le agradaba su actitud temeraria. Le agradaba que no le tomara importancia a sus comentarios y la seguridad que imponía. Hubo un momento en que sus ojos atravesaron los suyos, nadie antes había logrado encontrarlos debajo de esa oscuridad que representaba un falso cráneo. Sintió miedo y admiración. "Será mejor que nos vayamos", le dijo. La condujo hasta el abismo, y una vez que la dejó ante sus puertas, salió con prisa para encontrar a Dios. Una rabia incontenible la sedujo, dispuesta estaba a enfrentarlo. Sabía que las oportunidades eran pocas, pero ¿qué sentido tendría luchar si de antemano conoces la victoria?  

     [...]

     —¡Qué carajos te sucede!— aulló la Muerte.
     —Apuesto a que también te has enamorado de ella— respondió Dios con voz retadora. 
     —¡No seas absurdo, ella no merecía morir, no tienes derecho! 
     —No necesito ningún derecho, que no se te olvide. Yo no me rijo por leyes humanas, los tontos son ellos por creer lo contrario. 

     Escuchando esto la Muerte tomó su guadaña. Sin pensarlo arrojó con todas sus fuerzas una embestida que hirió el brazo de Dios. Lo intentó dos veces más pero ya no tuvo la misma suerte. Él, con un sólo movimiento, enfurecido y desubicado la tomó por el cuello con fuerza. "Tienes tres segundos para arrepentirte, dos más para arrodillarte y a partir de entonces, cinco para largarte" sentenció. "¿Y qué importancia tiene? Soy la Muerte después de todo...", respondió, siguiendo el ejemplo de su nueva dueña. 
  
     En un último zarpazo, Dios acabó ella.
     El fallecimiento de la Muerte, la condenaba a comenzar con una vida.
     


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