lunes, 23 de octubre de 2017

De Miedos, Sueños y Odios (DMSO)

Prometo con mi vida que no intentaré nada—, dije. Ella accedió. Tomé mi mochila, metí un par de libros y salí rumbo al hospital. Hacía una semana que la habían internado por un extraño efecto que le había producido el DMSO que utilizaba como medicamento. Aún no se tenían noticias particulares de lo que ese detalle implicaría, pero habían recomendado evitar las visitas, debido a que algunos doctores y enfermeras presentaban náuseas y repentinos desmayos al permanecer largo tiempo dentro de la habitación de María. Esa misma semana ella se había decidido a terminar nuestra relación, porque simplemente ya no daba para más. Por ello, cuando supo que quería visitarla, me hizo prometerle que nada intentaría, porque nada conseguiría.
     Pese a todo decidí intentarlo. No sabía bien como, pero tendría que encontrar la manera de entrar a verla y estar a su lado. El miedo me carcomía el alma, si habían prohibido las visitas era porque algo grave sucedía, algo con lo que la medicina no se había enfrentado antes. Misterioso caso. A decir verdad, todo en ella era misterio; cada centímetro de su cuerpo, su mirada, las pocas veces que emitía un pensamiento, las muchas otras en que decidía callarlos, todo en ella eran secretos que intimidaban y al mismo tiempo te incitaban a vencer ese miedo. Jamás se sabía con ella, un día podía llenarte de amor, abrazarte, besarte, y al otro podía odiarte con todas sus ganas, mostrarse indiferente, renegando de caricias y cariños. Ese era, quizá, el mayor miedo al que me ataba, pensar que un día cualquiera se largaría con todo mi sentir, sin decir nada, sin explicar nada, se largaría discreta, fugaz, impasible, se largaría porque sí, porque nada podría hacer yo para evitarlo. Y se fue, pero ahí estaba yo, sin ánimos de darme por vencido.
     Recordé la noche en que, previo a la cita en que nos haríamos novios, soñé con ella. Era una nada eterna, todo era blanco y vacío. Estábamos en medio de todo, observándonos. Su aroma dulce revoloteaba alrededor formando espirales cada vez más profundos y perfectos, su cabello se acomodaba en la forma exacta en que se encontraba cuando la conocí, sus manos, tan frías y delgadas, sostenían mis mejillas con ternura. Mi mano derecha reposaba sobre su pecho, escuchando el latir de su corazón; "Es así como como el frío quema, es así como los locos aman", me había dicho. Un fuego repentino salió de sus dedos y encendió mi rostro, yo no quería alejarme, era justo lo que estaba buscando. Me acerqué con ternura hasta postrar mis labios sobre el lunar de su boca y contagié mis llamas en todo su ser. El calor era tal que creció repentinamente en unos segundos. Cada vez se hacía más intenso, más y más intenso. Tan sólo unos instantes después, todo el vacío que nos rodeaba colapsó en un espectáculo de luces y centellas, nuestros cuerpos, enlazados por simples partículas, entendieron lo que había sucedido: nos habíamos convertido en Sol.
     Desperté con una sonrisa ilusa e incrédula, sin saber que ese día la vida me enseñaría que los sueños podían hacerse realidad. 
     Un zumbido en mi teléfono interrumpió mis recuerdos; el mensaje era claro: "No vengas, las cosas se han complicado". Eso era lo que más odiaba de sus acciones, la terrible intermitencia en la que me hacía vivir. Siempre que tomaba una decisión, no tardaba en arrepentirse. No podía sostener con firmeza resolución alguna, cambiaba de planes en el último minuto o simplemente se negaba. No por capricho sino por falta de agallas. Después de todo, la cobardía es el talón de Aquiles hasta de las personas más duras.  No detuve el auto. 
     Seguí andando hasta llegar a la calle donde se encontraba el hospital, donde no pude avanzar más, pues un montón de gente y agentes policiales impedían el paso. Bajé del vehículo sin pensarlo y avancé sin cuidado. A lo lejos se veía a todo el personal médico y pacientes desalojando el edificio. Unas cuatro o cinco personas se encontraban inconscientes y siendo atendidas por quién sabe qué cosa. 
        —No puedes entrar, hijo—, escuché, mientras alguien ponía su mano sobre mi hombro. Se han detectado severos problemas de intoxicación en el área inexplicablemente causados por una paciente, es mejor que regreses a casa. 
     Ni siquiera había terminado de decir la frase y yo ya había corrido a la puerta. Sabía que era ella quien estaba adentro. Sabía que era ella y no necesitaban prevenirme de peligro alguno. "¡Detente, ya han muerto tres personas a causa de ello!¡Detente, con un carajo!". No frené. Nadie me seguiría, pues el temor de entrar a buscarme era mayor que cualquier intento por cumplir la ley. Abrí las puertas con un empujón y, sin saber a dónde me dirigía, corría hasta llegar a la habitación deseada. Fue como recibir mensajes telepáticos que me guiaron a mi destino. Entré, ahí estaba ella. El cuarto era un desastre, papeles por todos lados, gasas, guantes, sábanas. Todo yacía en el suelo sin orden alguno. Las paredes permanecían blancas. Una jeringa llena de sangre se encontraba al borde de su cama, con extraños cuerpos flotantes de color amarillo sobrenadando en ella. 
       —¡Vete!
       —No iré a ningún lado
       —¡Eres un tonto, lárgate de aquí!
     Su piel estaba envuelta en un sudor aceitoso. Brillaba. Brillaba como en el sueño. 
       —¡Vete, vete, vete!—, gritaba desesperada. 
     Me acerqué a ella, estaba empezando a perder el conocimiento. Di un último paso y caí rendido sobre ella. "¡Eres un tonto!", escuchaba, mientras sus manos se postraban en mis mejillas. Las acariciaba en un intento desesperado por devolverme la conciencia. "¡Te odio, te odio mucho!". En un último esfuerzo levanté mi mirada hasta topar con la de ella.     
     Prometiste con tu vida que no intentarías nada dijo, ya con lágrimas en los ojos.
     —Vale la pena morir por lo que uno ama respondí, mientras ocupaba mi último aliento para alcanzar sus labios. Mi mano derecha reposaba sobre su pecho, escuchando el último latido de su corazón, escuchando el silencio que nos convertiría en Sol...

     Besarla significó vencer el Miedo, cumplir un Sueño y tragar mis Odios. Besarla fue la mejor manera de autodestrucción. 



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