martes, 3 de julio de 2018

Cholos

¿De a cuánto? Escuché que gritaban a mi lado. ¿De a cinco o de a diez? 
     Ya habíamos repartido la baraja, pero al ver a ese sujeto borracho y aparentemente fuera de sí, decidí no participar en el juego. Él y su acompañante nos miraron extrañados. 
     Jaquis, dile a tus amigos que no se fresen porque a mí me caen mal los fresas. Yo soy su tío de ella y bien sabe como soy como los mamoncitos. Diles Jaquis, diles que soy Cholo, ¿sí o no? Bueno, era. Aunque los cholos de ahora (y perdón por la palabra) pero ¡son una mierda! Ellos nada saben del verdadera movimiento. ¿Sí o no Jaquis? A ver, mira Jaquis, le voy a dar clases a tus amigos ¡Ja!
     Ya conocía a su tío, pero esta era la primera vez que nos dirigía la palabra. ¿Qué me podía enseñar un borracho? ¿A tomar, a gritar? Un leve terror floreció en mi cuerpo. Temí que no tardara en perder la cordura, que comenzara a ponerse violento y que yo no pudiera detenerlo. Cuando me di cuenta, ya había tomado asiento a mi izquierda.
     Déjenme explicarles algunas cosas, porque esos cholitos de ahora ya me tienen hasta la madre. ¿Saben por qué nos rapamos la cabeza? Pero raparla bien. Ahorita yo estoy normal, pero los verdaderos cholos se rapan bien, hasta el cero, con el rastrillo. ¿Saben por qué lo hacemos?Esperé una respuesta absurda que hablara de una especie de pacto entre grupos del barrio— ¡Lo hacemos por los chamaquitos! Por los niños que desafortunadamente no libraron su lucha contra el cáncer. ¡Lo hacemos en su honor! Porque por falta de dinero para sus terapias se nos fueron, los pobrecitos. ¡Los cholos pendejos de ahora no lo saben! Creen que es moda, creen que es cuestión de identidad, o se cortan nomás las orillas y tienen la greña arriba y dizque ya son cholos. 
     Hizo una pausa para buscar su cajetilla de cigarros. Estaba en shock. Sus palabras fueron como un golpe duro y macizo. Mis expectativas estaban rotas y mi orgullo quebrantado. Jamás imaginé que la razón era de empatía. Yo pertenecía a ese "grupo de estúpidos" que creían que era simple cuestión de identidad. 
     Además continuó, mientras comenzaba a fumar.  Además hay otras cosas. Por ejemplo, ¿Saben los que representa traer los tennis de bolillo? ¿No? Pues es que nosotros los cholos representamos una sola cosa y es la pobreza de México. Es el hambre, es el trabajo. Los tennis, es precisamente por eso, porque significan lo que a veces un hombre o hasta una familia tiene para comer. Representa ese momento en el que el hijo tiene hambre y aunque los padres también, le dan el bolillo entero porque lo aman. Ahora... ahora... ¿Saben cómo nacen las bermudas? ¿Saben por qué las usamos? ¡Es lo mismo! Cuando a tu chamaco le falta ropa pero no tienes para comprarle, ¿qué hace un papá? A ver, a ver. ¿Qué hace? ¡Pues corta los suyos! A la medida, por eso las bermudas. Y la ropa ancha también. Las playeras, los pantalones, ¿apoco creen que es por gusto? ¡No! Nosotros representamos algo, representamos la pobreza. Esa ropa ancha toda guanga es porque no hay dinero para comprar más y el papá, a veces todo gordo y alto se las da a su chavito, ¡es por eso! Los cholos de ahora ni saben qué chingados con el movimiento, no saben de significados, no saben de nada. Están pendejos. Nada más se creen malandros.
     No, el "le voy a dar clases a tus amigos" no fue un comentario al aire. Ninguna escuela te lo dice. Prejuicios, humildad, respeto, unión. Lecciones del día. Un maldito prejuicio me estaba orillando a rechazarlo al inicio de la noche pero ahora lo escuchaba con atención. ¡Cuán idiota se ha de ser para juzgar sin razones! 
      Y pues así está la cosa. Aunque la neta si te metes en un chingo de problemas. La vida de cholo no es fácil y es peligrosa. Yo ya la dejé hace tiempo ¿y saben por qué? Por mi esposa y mi niña, tuve que cambiar por ellas. Porque gracias a Dios ellas están en mi vida y tengo que cuidarlas. Porque es mucha chingadera. ¡Es por ellas! 
     Dejé de escuchar. Comencé a sentir. Las lágrimas querían escapar. No sólo eran lecciones de moral, no sólo me había golpeado con verdades, no sólo me estaba dando una lección. Las lágrimas querían escapar porque entendí que ese hombre no se encomendó a Dios, ni a la sociedad ni a su propio ser, no se encomendó más que al amor para redefinir su ruta. ¡Al amor! 
     Prejuicios, humildad, respeto, unión y sobre todo amor. 
     Un cholo me enseñó de todo eso. 
     Gracias.    
     

Cholos, por Korina Ivonne Hernández.

sábado, 16 de junio de 2018

El beso

Magnífico el momento en que todo se vuelve caos. Las bocas estallan arrojando dardos envenenados de sinrazón, de ira caprichosa, egoístas e intolerantes. Los ojos miran con recelo y desapruebo, algunos otros con lujuria, mientras en otro extremo un cuerpo rompe sus límites. Existe un ruido monstruoso inundando el lugar, corrientes de aire sacuden tus entrañas cual huracán en las costas de un mar de moralidades absurdas. El cielo arrasa los caminos con su llanto, parece que Dios también ha enfurecido. No entiendes porqué el alboroto pero, ¿para qué explicarles? sus oídos no comprenden lo que tus latidos hablan. 
     Magnífico el momento en que todo se vuelve caos. Puedes sentir como todo cae en ruinas pero algo dentro de ti se levanta con vigor. No puedes ir a la guerra esperando encontrar silencio. Todo es escándalo que se clava en la memoria. No puedes ir a la guerra esperando encontrar silencio pero sí paz. Punto final de la travesía. Casi nunca se logra y de hecho, las cosas suelen empeorar.  Serás condenado y habrá cambios irreversibles.
     Magnífico el momento en que todo se vuelve caos.  Las bocas -sus bocas- estallan arrojando dardos de pasión, de complicidad caprichosa, altruistas y transigentes. Los ojos miran con ardor y sensualidad, mientras en otro extremos un cuerpo se funde. Existe un ruido quedo adornando el lugar, corrientes de aire sacuden tus entrañas cual huracán en las costas de un mar de moralidades absurdas. El cielo ruge, parece que el demonio trama algo. No entiendes porqué el alboroto pero, sin pensarlo, alcanzas a murmurar:
     Bienvenidos a la revolución. Ahora saben lo que significa un beso. 

domingo, 27 de mayo de 2018

Lo que nunca ha sido mío (A mi familia)

Los trofeos, los dieces y diplomas
La verdad, los caminos, el talento
La fuerza, los versos, el sentimiento
Tienen origen en otros aromas;

Ni de Austria ni de Francia ni de Roma
Catorce manos buscan mi contento
Sin decirlo sostienen mi tormento
Por ellos vuelo cielos, cual paloma.

Las metas, las victorias, los aplausos
Un conjunto que nunca ha sido mío
De egoísmo, de ceguedad me encauso

Pues no he ganado solo un desafío.
Hoy los ojos abro, la vida pauso:
Esas manos están si caigo al río



viernes, 6 de abril de 2018

El sol nos oculta el firmamento (Soneto)

Si sólo buscas luz y fluorescencia
Y a la vida evitas su oscuridad
Si temes mirar la profundidad
¡Esa no es vida, es absurda existencia!

Permite que te de una sugerencia
Que vayas contra todo sin piedad
Sin importar que no haya claridad
Porque así inmortalizarás tu esencia

¡Basta! Una tormenta no es invencible
Ni los rayos de luz son salvamento
Ni el brillo una belleza inmarchitable

Recuerda, en las tinieblas y el tormento
Se encuentra una verdad irrefutable:
El sol nos oculta el firmamento.



viernes, 2 de marzo de 2018

Y si los muertos aman...

 «Y si los muertos aman
Después de muertos
Amarnos más»
-"Nuestro Juramento", Julio Jaramillo.


Seremos la singularidad, el origen y el retroceso, Big-bang y Big-crunch. En ti nacerá la materia y en mí la antimateria. Nos destruiremos al contacto, pero como espíritus guerreros, no nos soltaremos jamás. Andaremos de la mano expulsando energía capaz de generar hoyos negros. Espacio y tiempo quedarán postrados ante nuestros pies. Un beso significará una hora y un abrazo un siglo. Las miradas serán la nueva medida de distancia, sin importar si estamos a mil metros o a diez centímetros, la comunicación ocular será quien diga qué tan lejos o cerca estamos de cada cual. 
      Seremos revolución y anarquía. Nuestro amor no seguirá estereotipos, ninguna estupidez de romance contemporáneo. Andaremos sin rumbo, porque sólo así se encuentran los buenos destinos; porque sólo si no sabes hacia dónde te diriges es como encuentras lo que jamás buscas. En este juego de azar, no parece casualidad nuestro contacto. Somos la resurrección de Popocatépetl e Iztaccihuatl, la sangre tlaxcalteca fluye por nuestras venas. Estamos aquí para terminar lo que en su historia quedó incompleto, para desmentir lo que de otras bocas se escape, para que no exista más verdad que la que de nosotros se forje, para que incluso el demonio nos tenga respeto. 
     Seremos ceniza y vida. Cuando no queden sino resquicios de nuestro pacto, la Tierra tendrá talladas las letras de nuestras almas. De nuestro abrazo surgirán las brasas, huellas para fuegos próximos. Seremos volcanes, etéreos e infinitos. Seremos volcanes en erupción, quemando todo aquello que se cruce en nuestro camino. Extinguiremos a toda una especie, envolviendo sus cuerpos inútiles y vacíos de sentimientos con nuestro manto. Manto de insigne devoción, delgada capa por la que se observará el infierno, armadura de seda invisible e impenetrable. El mundo entrará en pánico, el corazón podrido de cada individuo comenzará a florecer desde sus entrañas hasta que de su boca broten declaraciones de amor. No podrán escapar. Seremos ese par que lleve al planeta a su fin. Esta vez no habrá Dios que nos condene, no habrá Dios que nos destierre del paraíso. ¡No somos Adán y Eva, no somos tan débiles! En un acto de implosión el cielo se reducirá a nada. Entonces habrá espacio para el humano, para que viva sin restricciones. No existirán los pecados ni lo hechos nobles. No habrá nadie que pueda obrar con bien o con mal. ¡Nadie, escúchalo, nadie! Ya no habrán reglas. El mundo será un caos y eso estará bien. 
     Seremos volcanes, etéreos e infinitos, porque incluso después de muertos, seguirán en el aire vestigios de nuestro amor. 

jueves, 15 de febrero de 2018

Claudia

Siempre quise conocer a alguien que se llamase Claudia. 
     Aquella tarde, mientras mis manos sostenían un ejemplar de «La muerte y otras sorpresas», de Mario Benedetti, sentí como de apoco se iba acercando a mí. "Del trabajo a casa, y de casa al trabajo. Pero ella y yo juntos. No importaba que no habláramos mucho.Una cosa es estar callado y saberla a ella enfrente, callada, y otra muy distinta estar callado frente a la pared. O frente a su retrato". Justo cuando terminé de leer este párrafo, ella tomó asiento a mi lado. 
      ¿Sabes? dije sin darme cuenta. Hay dos tipos de silencio: el que te llena la mente y el corazón, y el que sabe a una terrible soledad. Acabo de darme cuenta de ello. Lo dice este párrafo, mira. 
     Le enseñé el pequeño fragmento que acababa de leer. Ella, aún sin comprender, se limitó a seguirme el juego. Tomó el libro en sus manos y mientras inspeccionaba cada palabra, yo me propuse esperar su reacción. 
     Supongo que tú te encuentras en ambos 
     ¿Perdón?
     Sí, ambos silencios. Hace diez minutos que comencé a observarte desde el otro lado del parque y me parece que, aunque disfrutas de esta soledad, rodeado de árboles y sombras imperceptibles, hay algo en ti que está mal. ¿Te sientes sólo, no es cierto? Me da la impresión de que extrañas a alguien, alguien con la que compartías silencios, tal como tu personaje. Lo sé por la manera en que sientes la historia, porque a la distancia puedo notar los nudos que se te hacen en la garganta en algunos instantes de tu lectura. No lo tomes a mal, es sólo una primera impresión. 
     No sabía qué contestar. Una completa extraña requirió sólo de diez minutos para adivinarme. 
     ¿Por qué me observabas? balbuceé. 
    No lo sé, esa manera tuya de vivir un escrito es como un imán. Me gusta ver cuando las personas sienten. Es un lindo ejercicio. De pequeña solía observar a mi abuela leer las cartas que el viejo le mandaba de Estados Unidos. Siempre estaban llenas de cariño, de melancolía, de anhelos. Más de una vez vi caer lágrimas en su rostro y también hubo muchas más en que lloré con ella. El último sobre que recibió que llevaba su nombre informaba que el abuelo había sido asesinado. Entonces ella escribió una carta de despedida en cuyo papel quedaron impregnadas muchas gotas de tristeza. No me lo vas a creer pero ella también tenía una teoría de silencios. Decía que la muerte era el silencio magnánimo en el cual nos volveríamos más sabios y que el silencio en vida no era más que un divertido juego para matar el tiempo. O para que el tiempo nos matase, funcionaba igual. 
    ¿Dónde está ella ahora?
     Haciéndose más sabia. 
     Parece que no soy el único que se siente solo. 
     Dije las palabras justas. No bien había terminado aquella frase y ella rompió en llanto sobre mi hombro. Algo dentro de mí me decía que debía darle palabras de aliento pero no quise interrumpirla. Llorar estaba bien y quitarle ese privilegio sólo le lastimaría aún más. De a poco el llanto se convirtió en un par de sollozos y los sollozos en dulces suspiros. Alzó la mirada sin despegarla de la mía. Caí en cuenta de que todo ese tiempo había mirado hacia otro lado, pero ahora, sin más remedio, me dedicaba a observarle. Su frente estaba húmeda. Los cabellos ondulados se desvanecían hasta culminar en extremos azules. Mujer eléctrica. 
    Tenía un mal presentimiento. Sin poder evitarlo y como si alguien me obligara, reparé en sus ojos. Quería correr, el miedo fluía por mi sangre con una velocidad impresionante. Un par de aureolas verde botella rodeaban los centros llenos de negrura. Sentí como aquél abismo me tragaba entero. Sus ojos eran el puente a otros mundos. Era ahí donde se encontraba el secreto del universo. De pronto mis labios se encontraron con los suyos. Sentía mi cuerpo arder. Su boca era un temazcal que incendiaba en vapores, en calor infernal. Su boca era un temazcal que me hacía renacer, que golpeaba el cuerpo pero renovaba el alma. Era el temazcal que humedecía mi piel, ese pequeño espacio en dónde Dios y el Diablo firmaron un pacto, en el que carne y cuero dejaban de ser un envase para convertirse en armadura. 
     Después de todo, hay un tercer tipo de silencio me dijo—. Ese que promete complicidad, por el que sólo los corazones se comunican...
     Se levantó, me dio un último beso y emprendió su despedida a paso lento. Mientras la veía alejarse, supe que jamás volvería encontrarla. «Por cierto, me llamó Claudia», gritó a lo lejos. Esa sería la última vez que escucharía su voz, pero no la última que su latir conversaría con el mío. 



     

domingo, 11 de febrero de 2018

Postdata de mi sueño

A ella no le gusta la lluvia y sin embargo, nuestro primer beso fue bajo su regazo. Miles de gotitas se impregnaban en nuestra ropa, en nuestro cabello y en nuestra alma. Sus labios a veces resbalaban, al igual que los míos; pero jamás desistimos de volver a intentarlo, de volver a chocarlos en suaves caricias húmedas y frías. "Mis piernas están temblando", me había dicho apenas el día anterior, en nuestro primer abrazo. "Mi corazón tiembla", respondí. Había mentido y se lo dije mientras el agua nos seguía empapando. "Mi corazón no temblaba. Más bien estaba jodidamente paralizado". Eso sí era cierto. Quieto, como si una bala le hubiera atravesado de extremo a extremo, había dejado de latir, tal como en ese instante. Jamás había estado en una situación similar, un momento en el que nada en mi cuerpo parecía reaccionar. Siempre existía alboroto, caos, palpitaciones a mil por hora, pero ahora, inmóvil, esperaba una orden del cerebro. Él, estúpido y enamorado, había decidido que era tiempo de sinrazones. 
    A ella no le gusta la lluvia y sin embargo parecía bendecirnos. Sobre ese pequeño puente se sellaba nuestro pacto, un contrato de sentimientos. Busqué su rostro. Viaje desde su mejilla derecha a la comisura de sus labios, de la comisura a la boca y de la boca al otro extremo. Y de extremo en extremo fui perdiendo la razón. Sus abrazos me robaban el aliento, tanto por su dulzura y calidez como por su fuerza y energía. Recordé cuando de niño jugaba a los Encantados, si te tocaban no podías moverte hasta que alguien más te volviera a la vida. Nadie me dijo que Los Encantados no era sólo un juego, que podías encantarte de verdad. Nadie me lo dijo y en consecuencia ahí estaba yo, con cara de tonto, el cabello ridículo y sin poder moverme. Mentalmente, quiero decir. Jamás imaginé que su ternura era una gran estratega del juego. Si el mundo me preguntara, respondería que perdería el juego con tal de quedarme encantado eternamente.
     A ella no le gusta la lluvia y sin embargo se quedó conmigo. Estaba enferma y se quedó conmigo. "Te vas a enfermar", me dijo. "No, tú te vas a curar" le respondí. No sería un buen doctor, a todo paciente me encargaría de recetarle una buena dosis de besos, de amor, de euforia. No me imagino a alguien con cáncer curándose con cariño, pero al menos se olvidaría del cáncer. 
     A ella no le gusta la lluvia, ni tampoco que la tome de la mano; pero caminamos enganchados el regreso. Su vestimenta era la misma que en la primera vez que la reconocí linda. ¿Quién habría adivinado semejante coincidencia? Dato curioso: No me gustan sus Casualidades perfectas, pero me encantan si las vivo con ella. 
     Regresamos al mundo, secos y más vivos. Mientras la miraba en silencio , escuché de repente en mis adentros:
     
     Postdata: cuan magnífico es saber que hace frío afuera, pero bajo el pecho un calor está naciendo. No busques más. El tiempo enseña, que los sueños nunca engañan*     
Pintura: Jeff Rowland

*Mi gente- Sharif Fernández ft Pablo.
     
     



jueves, 25 de enero de 2018

Mujeres y otras deidades (III)

Le agradaba su actitud temeraria. Le agradaba que no le tomara importancia a sus comentarios y la seguridad que imponía. Hubo un momento en que sus ojos atravesaron los suyos, nadie antes había logrado encontrarlos debajo de esa oscuridad que representaba un falso cráneo. Sintió miedo y admiración. "Será mejor que nos vayamos", le dijo. La condujo hasta el abismo, y una vez que la dejó ante sus puertas, salió con prisa para encontrar a Dios. 

     TERCERA PARTE: GÉNESIS


      Las cosas por aquí cambiaron desde hace ya algún tiempo Le decía el diablo La realidad es que hice las pases con Dios sólo un par de siglos después de nuestra pelea. Yo era un ángel ¿sabes? Solía disfrutar del paraíso universal, de sus paisajes y su dulce monotonía (ahora me resulta tan horrenda). Pero todo cambió cuando llegó Eva. Jamás existió Adán, por si te lo preguntabas. Eva era una de esas mujeres incandescentes, una mujer que sólo el humano puede crear, porque Dios hace mucho que perdió el arte.  Ambos nos enamoramos de ella; pésima decisión entre amigos.  Entonces yo carecía de poder y agallas, por lo que no me quedó más remedio que resignarme y partir. Pero ella, amante del caos y la lujuria, decidió visitarme en mi morada (que aún pertenecía al paraíso), se entregó completamente, en alma, en cuerpo, en muerte; para mí ya no importaba nada, Él tendría que admitir su derrota. No fue así, por supuesto. Me desterró pero no me limitó, pues pese a todo seguía valorando nuestra amistad que entonces parecía muerta. Creó el infierno y mi castigo era castigar. Él sabía perfectamente de mi bondad y de lo mucho que me dolería cumplir esa tarea. Más tarde, cuando nos reconciliamos, me permitió dejar de mortificar a quienes llegaban. Desde entonces llegan, buscan algo que hacer, se instalan y se dedican a morir. Te sorprendería saber que es más eficiente la no tortura para que se arrepientan de sus pecados. 
     Bueno, entonces supongo que iré a buscar algo que hacer.
     
     Con pequeños pasos apresurados se adelantó sobre el sendero serpenteado, siempre a poca distancia del demonio. Él, detrás de ella, observó su figura, su dulce y tierna figura. Le embargaron una ganas enormes de tomarla por la cintura, de abrazarle y sentir sus mejillas tibias pegadas a sus labios, de acariciarle el cabello y susurrarle al oído uno de los tantos poemas que escribía desde hacía siglos. 

     Sólo te advierto que nunca me voy a arrepentir de lo que hice en la tierra. Y de ser posible comenzaré a hacerlo aquí, en el infierno. ¿Tendrás lo suficiente para detenerme?Soltó una carcajada seductora y desafiante. Dio media vuelta mientras comenzaba a caminar hacia atrás. Sonreía con una tranquilidad tormentosa. En sus ojos podía verse lo increíblemente loca que estaba, era una mirada fija, a la espera del menor error para atacar. 
     Lanzó una última sonrisa, grande, blanca, pura. Tropezó y cayó al lado de un árbol.
     

     Sólo te advierto que desde hoy el concepto de infierno será cambiado dijo, mientras con las piernas expuestas comenzaba a jugar con su vestido. Con sutil brujería lo fue deslizando hacía su vientre, primero desde abajo y luego desde los hombros. Poco a poco su piel se presentaba al diablo; morena, candente, magnética. Sus manos jugaban, en un viaje que iba desde el cuello hasta los pechos, de los pechos al ombligo y del ombligo al orgasmo. Ella, sumergida en su placer, no se percataba del inmenso poder que ahora poseía. Sintió entonces una mano que se postraba sobre sus piernas, una mano fría a pesar del abismo en el que se encontraban. No quiso abrir los ojos. La mano misteriosa recorrió su cuerpo. El delicado contacto entre pieles parecía crear estallidos inconmensurables. Sintió una lengua humedecer su cuello, bajando en espirales hasta encontrar sus pechos, menudos y excitados. El objetivo era claro, se disponía a realizar el mismo viaje. Siguió su deceso por el surco del vientre, el verdadero camino hacia el infierno. Encontró el ombligo indefenso, profundo. Pequeños sonidos emanaban de su boca. No quiso abrir los ojos. Volvió a descender, una cuarta más abajo. Gritó alterada. El placer era infinito, ahora entendía perfectamente a Eva. Ahora deseaba también a Eva. No pudo evitar abrir los ojos, primero quedando blancos y luego volviendo. 
     Al situar su vista al frente vio al demonio sumergido entre sus piernas, como el caníbal que no ha sido alimentado en días. Detrás de él, Dios observaba. 

     ¿Quieres unirte? 
     No, quiero ser el único. 

     Un destello empezaba a forjarse en la palma de su mano derecha. "¡Hey, amigo!". Arrojó lo que parecía un tornado de rayos y centellas. El diablo, con una velocidad impresionante, se incorporó para recibirlos. "¿Acaso crees que sigo siendo el mismo ángel? ¡Ahora soy Lucifer, maldito bastardo!" aulló. Y soltó con furia una enorme bola de fuego brillante. 
     Todo se cubrió con un resplandor divino. 

 [...]

     «Dios ha muerto, querido». Escuchó Friedrich en la Tierra. «Dios ha muerto y no me arrepiento de nada».
     «Dios ha muerto», repitió Friedrich (La Muerte vuelta humano) en voz alta.

   






domingo, 21 de enero de 2018

Muerte y transfiguración (A mi abuela)



Siempre creí que el abuelo se iría primero y que, dos o tres semanas más tarde, la abuela también moriría de tristeza. Pero cuando aquella tarde al llegar de la universidad mi hermana me dijo con voz queda y melancólica "Asegura tus cosas, nos vamos para el pueblo", supe que me había equivocado. Pregunté con tranquilidad qué sucedía y ella, con la misma voz cicatrizante respondió: "Mi abuelita murió. Toma tus cosas y nos vamos". Yo, impasible, sólo logré soltar un "No puedo, tengo exámenes que presentar mañana". Me sorprendí tanto como ella, pero no planeaba cambiar de opinión. Me miró como con rencor y decepción, al tiempo que cogió su bolsa y salió del departamento con mi hermano menor. 

     Cuando, dos horas más tarde, me encontraba solo, comencé a llorar. No por mi abuela sino porque me imaginaba el profundo dolor que debería estar sintiendo mi madre. Y yo no estaría allí para apoyarla. Sin embargo yo me había prometido que si algún día algún familiar del pueblo fallecía, no descuidaría mis estudios porque de nada valía acudir a despedir a alguien que ya no estaba. Me pregunté entonces si el viejo estaría llorando. Es decir, jamás vi algo que demostrara el amor que seguramente se tuvieron y menos por parte del abuelo, que es un tipo más bien duro, con carácter de los mil demonios, pero quizá al saber que ya no vería más a su esposa toda esa armadura se haría pedazos. No fue así. Ni él ni mi madre arrojaron lágrimas. Tal vez porque su enfermedad nos había avisado ya desde hacía mucho; ya todos estaban preparados. 

     A veces el abuelo todavía pregunta por ella a causa de una supuesta mala memoria. "¿Dónde está tu madre?", le dice a mis tías. "¡Ay, señor! ¿No ve usted que ya se murió?", "Ah". Me gusta creer que más que por confusión y olvido, el amor que le tenía le hace negar su muerte. Me gusta creer que al final su armadura sí quedó destruida y trata de disimular la gran falta que mi abuela le hace. Es lindo imaginar que sufre por amor, que no quiere dejarla ir y alucina con su existencia. Ojalá tuviera razón.

     Esa noche, en medio de mi soledad, quise escribir para ella. Comencé poniendo: "Y más vale que Dios exista, y más le vale que la cuide y le apapache, que tenga un lugar reservado para su alma, que le sane las heridas y el cuerpo rasgado, que le devuelva la libertad que hacía tiempo había perdido, que la cobije entre sus brazos hasta que recupere sus fuerzas. //Más vale que Dios exista...    //Más le vale". No quise seguir pues me parecía que no era el momento. Recordé que cuando era niño, al ver a mi abuela ya con canas, pensaba en la reencarnación. Por aquél entonces ya comenzaba a dudar de Dios y su existencia. "Si algún día se muere -me decía- antes de que se vaya le pediré que me avise si hay vida después de la muerte". No pude cumplirlo. Luego pensé en la muerte. La muerte significa dejar de sentir. Supongo que con eso basta para creer que se está en el infierno. Dejar de sentir. ¿Qué cosa más terrorífica, no? 

     En fin, este no es un escrito para implorar a Dios que me la devuelva, para ser sinceros no la extraño y tampoco recuerdo ya mucho de su rostro. Pero sí recuerdo su bondad y cada uno de los detalles que tenía, así que, si esto no es una petición, es una amenaza. Más vale que Dios exista porque ella le entregó su vida, porque merece un pago en nombre de sus buenas acciones, de su ternura, de su lucha. Más le vale al muy cabrón, porque la muerte que vivió fue tan dolorosa, en nada correspondida por su vida de servicio. Al final espero que esto no sea su muerte, sino una transfiguración. Ella llegará a reemplazarte, desgraciado, tú no mereces ese puesto.

     Adiós, abuela. 
    Perdón por la tardanza.
    Y perdón por haber sido el único nieto que no acudió a tu funeral.


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domingo, 31 de diciembre de 2017

N.R.T (Nada; Recuerdo; Todo)

¿En dónde estoy? ¿Por qué tengo sangre en las manos? Me levanté del suelo y miré alrededor; no reconocía la habitación en la que estaba. Una pequeña lámpara de mesa alumbraba débilmente el lugar. El contraste entre el amarillo opaco de la luz y la oscuridad siniestra del ambiente era aterrador, como si algo grave hubiera ocurrido. ¿Estuve bebiendo? ¿Cómo llegué aquí? Comencé a recorrer el cuarto a pasos nerviosos, despacio. Sobre la cama pude observar un trozo de papel arrugado y al lado su bolso. Me acerqué titubeante, desenrollando la hoja para ver si podía darme alguna pista. 

«Te he olvidado rezaban las letras escritas
     Hace un par de meses que te he encontrado fría y moribunda en algún rincón abandonado de mi mente. No te pertenezco más. Ahora me permito observar a otras mujeres, admitiendo que después de todo, hay mejores ojos que los tuyos; más expresivos, más profundos, más coquetos. Ya no me alborota el organismo sentirte cerca ni recibir algún mensaje, tampoco los cariños que de vez en cuando se te escapan como diciendo: "no te vayas". No, cariño, ya no más. He besado un par de bocas sintiéndome libre y me he largado para no volver a encarcelarme. En este lado del olvido todo parece ser placer mundano, mero transcurso de vida.
     Cuando pienso en ti, mi memoria arroja una imagen desahuciada, incapaz de permanecer un minuto más en el desastre cerebral con el que cargo. A veces intento conectar contigo, pero te muestras derrotada y sin fuerzas. Como el hambriento que rechaza un trozo de pan por querer el sabor de la carne, decides desfallecer sin más. Te he olvidado y me parte el alma conocer esta verdad. No estás más en mí, querida. Después de mucho tiempo he logrado arrancarte de mis entrañas. Es extraño, ahora todo luce irreal, sin sentido. 
     Si te soy sincero, este nuevo mundo alejado de ti me resulta bastante vacío. ¡No lo quiero, lo detesto! Después de ti, beso sin ganas, acaricio sin ganas, despierto sin ganas. Pensar en ti era lo único que me hacía sentir vivo, sentirte, mirarte, abrazarte. No te amaba, eso lo sabes y quizá tampoco lo entiendas, pero hay sentimientos más grandes que el amor. No llevan nombre ni estereotipos, no llevan marcas ni sellos, son auténticos, libres y perfectos, llenos de éxtasis, placer divino. Y son esos sentimientos anónimos los que me ataron a ti. Por que ya lo dije una vez y lo seguiré diciendo, prefiero sentir contigo que amar sin ti. 
     Ojalá volvieras, ojalá me recordaras que olvidarte no es buena idea, porque todo es nada si no estás. Ojalá volvieras porque...» 

     El texto cortaba ahí, parecía incompleto. Las sábanas mostraban una tenue mancha roja donde antes había estado el papel, que seguía en un camino de gotas hacia el baño. Algunas rosas blancas yacían destruidas, esparcidas sobre suelo. El único cuadro de la habitación tenía el vidrio estrellado. En la esquina del colchón, además de su bolso estaba uno de sus vestidos (el blanco, mi favorito) igualmente destazado. Un gemido apenas perceptible llegó a mis oídos y corrí horrorizado a su encuentro. 
     Arrodillada sobre la tina de baño estaba ella. Ensangrentada, con la garganta cortada, pero firme. En la mano derecha sostenía una de tantas rosas blancas, sin intención de soltarla. Levanté su rostro con lentitud. No reaccionaba, permanecía inmóvil e impasible, como si estuviera muerta. Sabía que no podía estarlo, pues aún se mantenía sobre sus rodillas. Hubo un breve instante en el que sus ojos se abrieron y me miraron como la primera vez. "En tus ojos veo destrucción", le había dicho aquella ocasión. Justo ahora lo estaba comprobando. Al mirarme en sus ojos recordé todo, como un destello demoníaco aparecieron las imágenes que describían mi noche: 
     Me vi escribiéndole una carta de despedida, que enviaría con un enorme ramo de rosas blancas. 
     Me vi mintiéndome porque no era cierto el olvido. 
     Me vi deseando con todas mis fuerzas que ella apareciera. 
     La oí tocar la puerta, como acudiendo a mi auxilio. 
     "Hoy soñé contigo", me dijo. "Soñé que me leías ese poema que tanto me gusta". 
     Me vi dejándola entrar al apartamento y de la nada sentir un golpe (no de ella).
     Me vi  perdiendo la noción de la vida. 
     Me vi cortando su garganta con el cuchillo con el que planeaba suicidarme. 
     Me vi caer.

     Desperté

     Ella estaba a mi lado, mirándome a los ojos con una sonrisa encantadora. 
     ¿Qué sucede? dije. 
     Nada, mi amor, es sólo que hoy soñé contigo. Soñé que me leías ese poema que tanto me gusta...
Fotografía: Alley Scheffki

No nos detendrán

Amor delito Iniciaré la guerra Por tu libertad