miércoles, 23 de agosto de 2017

Mujeres y otras deidades (I)

PRIMERA PARTE: EL DÍA QUE DIOS SE SENTÓ A OBSERVAR

Sentado al filo de la mesa, con una copa de vino rotando con su muñeca, Dios observa.

     Aquella mujer llora. No grita ni patalea, sólo lagrimea de a poco, delicado. La humedad en sus ojos le va bien, brillan más que nunca; como la lluvia que cae junto con los rayos del Sol o el faro que alumbra a las orillas del mar. Ella, sentada en el borde de una ventana con barrotes, mira hacia un todo en busca de razones, sin saber que su misma imagen le muestra presa, atrapada en una realidad podrida y escandalosa. Sus pestañas, puertas abiertas e inmensas, ceden ante el peso de la tristeza, cerrándose con tranquilidad. La luz que ilumina la mitad izquierda de su cuerpo resalta con sensualidad la oscuridad del otro extremo. Esa parte, la oscura, es la que hace estremecer a Dios cuando piensa en ella. Esa parte que está llena de afición por el alcohol, las fiestas y el ruido. Su inestabilidad, la facilidad con la que se pierde ante lo superficial, las palabras sin respeto que fluyen por su boca, cada maldito milímetro de vulgaridad que rodea su presencia le deja quieto y pensativo.

     Desde luego, su luz fue lo que le atrajo. Encontrarse con esa mente brillante, dotada de la inteligencia más espectacular que jamás predijo, más grande que la de él mismo, inmensa como el universo, encontrarse con ese detalle único en medio de tanta impureza provocó su demencia.

     Ella seguía allí, con las lágrimas ya secas que dejaron marcas en su rostro. De pronto sus ojos se iluminaron, fue como ver un nuevo big-bang en sus pupilas. En ese instante el todopoderoso dejó de serlo, bajó su copa mostrándose vulnerable, aquél resplandor le hipnotizaba, como lo hizo Eva alguna vez. Entendió que el precio de la vida eterna era sucumbir de vez en cuándo ante una mujer, por motivos distintos, labios distintos, caricias distintas, poco importaba, la relatividad también aplicaba al amor. Su querer guardaba en él un pedazo de cada beso, cada aroma y cada recuerdo de una mujer diferente. Jamás se olvida, sólo se recuerda menos.
   
     La euforia cesó cuando un hombre apareció a su lado. Le sonreía, le acariciaba la mejilla mientras mencionaba "todo irá bien". Ella asintió y se abalanzó sobre sus brazos. No lloró más, se sentía protegida dentro de su abrazo. Dios observaba, ya no era feliz, pero seguía tranquilo. El hombre deslizó sus dedos hasta llegar a su barbilla, subió a sus labios y se detuvo. Jugó con ellos, rodeándolos en un camino estratégico lleno de seducción. Regresó a la barbilla y la levantó con dulzura. Sus rostros quedaron de frente, sin escapatoria, no había lugar para nada que no fuera un beso. Se acercaron de a poco, delicado. Destellos estelares salieron disparados al momento del choque, primero suave y luego imparable, irreparable, infinito. Había pasión en ese encuentro, era allí donde yacía enérgico el sentido de la vida. Aquél individuo levantó la vista y como si el amor fuera un acto divino, encontró la de Dios. Ninguno se impactó, permanecieron impasibles y retadores. En los ojos de Dios podía verse reflejado, aunque profundo y escondido, el dolor de la derrota. Él lo sabía y desde el suelo terrenal le anunciaba que ese momento jamás sería suyo. Por primera vez el creador era vencido por la creación. Por primera vez un humano había retado a la divinidades y había salido victorioso.
   
     Dios, sereno e imperturbable, con toda la justicia digna de un tirano, en un chasquido acabó con sus vidas. Ambos cuerpos quedaron enlazados, esparcidos sobre el suelo, sin más rastro que el de una vida bien vivida.

     Lo que Dios desconocía era que esa mujer estaba llena de pecados, mismos que le otorgarían su entrada al infierno. Había librado una simple batalla contra un mortal, era cierto, pero una más grande le aguardaba contra el demonio...
     





jueves, 22 de junio de 2017

Placer desconocido (II)

Tu corazón está latiendo muy rápido—, me dijo. 
     —Es porque sabe que estás cerca respondí, mientras miraba el último rastro de su sonrisa...


Los noticieros estaban llenos de caos y advertencias; «Se recomienda a toda la población permanecer en sus hogares hasta nuevo aviso», decían. «Aún se desconoce el contenido del aparato aterrizado que, según las autoridades, tiene una estructura semejante a una botella de Klein [...]. En estos momentos, uno de los encargados se acercará por primera vez al objeto espacial para... ¡Oh por Dios! ¡¿Filmaste eso?!» Al otro lado de la pantalla ya sólo se veían pequeñas luces parpadeantes, partículas residuales del cuerpo del investigador y una parte de la nave. Se habían desintegrado en el instante justo en que entraron en contacto. Todos los espectadores se encontraban pasmados y se alejaban de apoco. Segundos después, la transmisión terminó. 
     Me serví una taza de té y me senté frente al ordenador, ¿cómo era posible lo que acababa de ver? Facebook estaba repleto de la historia, y no pasaron más de diez minutos cuando otro video comenzó a circular en el medio: una mujer de figura humana salía por el orificio de la explosión. No era en nada distinta a nosotros, era delgada y bella, de frente amplia, cubierta con un fleco y el resto del cabello, suelto y lacio, caía a la altura de sus hombros. Comenzó a caminar hasta perderse entre los árboles, mientras a cada paso que daba, un pedazo de suelo desaparecía. 
     Nadie daba crédito a lo que observaba, hasta que un grupo de científicos hizo una declaración oficial: el fenómeno era nada más y nada menos que un conjunto de antimateria, por eso desintegraban todo a su paso. ¡Existían seres hechos de antimateria! Aún había dudas de porqué siendo un aparato de dimensiones tan grandes, no acabó con la vida terrestre en el instante del choque, pero a final de cuentas, parecía ser una buena noticia. ¿Cuánto tiempo quedaba antes de que aquella mujer terminara con todo? ¿La comunidad científica estaba lista para combatir este problema? 
     Sin tener plena conciencia de lo que hacía, tomé mi mochila y salí a la calle. La noche lucía bien cuando la gente no transitaba, cuando el único ruido perceptible era el de mis pasos y el viento frío tocaba mi rostro. Arriba, las estrellas parecían querer decirme algo; abajo, un hueco en el piso hizo que cayera dolorosamente. Levanté la mirada y caí en cuenta de que los siguientes metros estaban deformados, con hoyos y grietas abundantes. Sin duda alguna la chica extraterrestre se encontraba cerca. Decidí avanzar sigiloso, pausado. Aunque me costara admitirlo, el terror que recorría mi cuerpo era incontrolable. 
      Diez pasos más adelante, la encontré. Parecía haberme estado esperando. El viento alborotaba su cabello y eso le disgustaba, pero la hacía ver tremendamente linda. Tenía labios carnosos y pequeños, las pestañas grandes y los ojos centelleantes. A pesar de ser delgada su cuerpo era seductor y coqueto. Avanzó hacia mí. Sabía que la quería conmigo, sabía que ella era de otro mundo, otra galaxia o quizá hasta de otro universo, que las diferencias eran terriblemente evidentes y no obstante, estaba dispuesto a tomar el riesgo. Es curioso como el amor toca la puerta de algunos, a veces sólo un vistazo basta para encontrarlo, a veces se encuentra en los lugares menos esperados, a veces en medio del desastre o en el mundo opuesto. A veces depende de un paso; más al frente y puedes caer en un abismo, para atrás y puedes estar a salvo pero, ¿por qué estar a salvo? Hay que ser muy cobardes para negarse al amor.
     Sin darme cuenta ya estábamos frente a frente. En sus ojos podía ver mi destrucción.
     ¿Por qué no huyes como el resto?
     Yo no soy tan cobarde. 
     No se trata de valentía, se trata de ser razonable. ¿No te das cuenta? Podríamos morir justo ahora. 
     Con gusto lo haría si es entre tus brazos. 
     No te creo.
     —¿Alguna vez te haz acostado a ver las estrellas?
     No, nunca. 
     Ven...
     Me tendí en el pasto y esperé a que lo hiciera también. 
     Allá, en ese destello, estaremos dentro de poco Tomé su mano y ella me abrazó. Nada ocurría. Seguíamos allí, como quién vence a Dios o al demonio. Por un momento creímos que lo habíamos logrado, ella sonreía recostada sobre mi pecho. 
          Tu corazón está latiendo muy rápido—, me dijo. 
    —Es porque sabe que estás cerca respondí, mientras miraba el último rastro de su sonrisa. Sentí como se desprendía cada porción de su ser y del mío, sentí el corazón partirse en mil pedazos, sentí que a pesar de todo, había valido la pena.
      Te lo advertí sentenció. 
     Y nos convertimos en partículas de luz.






     





jueves, 20 de abril de 2017

Alergias

Soy alérgico al polvo, ese que nace de poco usar la mente, aquel que se acumula en los proyectos abandonados y los sueños envejecidos. Me da tristeza ver como un deseo queda atrapado entre telarañas y podredumbre. Ese maldito polvo que se convierte en montañas, que se acumula y vuelve al cerebro un pantano, que no hace más que crear desechos mentales y basura cultural. Soy alérgico al polvo ajeno, ese que sale de entre el gentío y vuela con el aire, que rodea cada rincón de la ciudad, del país y del mundo. Soy alérgico al polvo de los genios, ese que surge de puro desperdicio de talento, como el que rodea a los libros en desuso, o a los lápices, o al pincel o a los botines de un danzante. 
     Soy alérgico al conflicto y a las discusiones sin argumento, a cada palabra que sale como un grito desesperado por tener la razón, al caos burdo y los silencios cobardes. Soy alérgico a las revoluciones populares, a las naciones de borregos y el pensar ciego, a la monotonía y las copias, a la falta de dureza y de convicciones, a la ligereza, a la poca firmeza y al titubeo constante. 
     Soy alérgico a los insectos, esos que te fastidian con comentarios ridículos y zumbidos fastidiosos. Me salen ronchas de sólo sentirlos cerca. Generalmente sólo buscan joder, el momento adecuado para aplicarte una picadura que te frene, oportunistas sin remedio. 
     Soy alérgico al fracaso. Una sola derrota puede tumbarme por un par de días y alterar el funcionamiento de mi cuerpo. Si caigo, el descalabro es casi mortal, me deja sangrando y con el corazón ardiendo, el rostro gacho y decaído. Pero también sirve como vitamina, una vez recuperado me levanto con mayor fuerza, como si hundirse en realidad fuera impulsarse, y mientras más hondo se caiga más arriba llega el vuelo. Soy alérgico a las victorias simples, aquellas que llegan sin mucho esfuerzo o como un regalo. Cada vez que llegan suelo expulsarlas en un estornudo, no por malagradecido sino casi como un proceso natural. Victoria sin lucha sabe a jarabe. 
     Soy alérgico a algunas fragancias: al hedor de la distancia rasguñando mi piel solitaria, al perfume del sonido cuando sólo quiero paz y al aroma de los sueños, que sólo son sueños y no más. 
     Soy alérgico al tiempo, y este es la alergia más letal de todas, porque sé que tarde o temprano, acabará con mi vida. 
     Soy alérgico a los amores pasajeros y sin embargo, es el mal que más me ataca. No muestra piedad pese a mi resistencia a que exista, no es mortal pero sí insoportable. Causa mucha comezón y bochorno y debo admitirlo, a veces es placentera. Soy alérgico a querer poco, a no sentir, a no sufrir, a no vivir. 
     Niña mía, soy alérgico a ti y sin dudarlo, moriría intoxicado entre tus brazos...

                             Resultado de imagen para surrealist photography black and white

sábado, 15 de abril de 2017

Destrucción del orden

«y cuerpo a cuerpo, acariciadamente
en una soledad inacabable
se junten nuestras lentas soledades»
—Fernando del Paso

Ver a tus ojos que me ven, sentir el calor invadiéndome, respirar lento y desconcertado. Es ahí donde el orden se acaba, es ahí donde el arte empieza. Hay silencio en mi pequeño círculo, aunque afuera el escándalo viva, aunque una voz a mi oído se pegue. Hay silencio, como el que guarda el bosque frío, o el que se escurre entre el arroyo. Te miro y tiemblo de puro placer, de purititas ganas de arder en ese infierno. Ver a tus ojos que me ven y sentir su verde inmensidad envolviéndome. 
     Acercarme mientras te acercas, sentir tu aroma invadiéndome, respirar con rapidez y ensimismado. Es ahí donde el orden se acaba, es ahí donde el amor empieza. Se ha roto mi pequeño círculo, miles de sonidos disipan la voz cercana a mi oído. Hay ruido, como el que guarda una sala de conciertos, o el que se escurre entre la sangre de guerra. Te miro y callo del puro impacto, de puritito anhelo de estrellarme en tus paredes. Acercarme mientras de acercas y envolverme en una nube de dulzura.
     Besar tus labios que me besan, sentir tu sabor invadiéndome, sin respirar y extasiado. Es ahí donde el orden se acaba, es ahí donde la vida comienza. Te haz unido a mi pequeño círculo, en donde el silencio ruge y los relojes callan. Hay todo, como el que se guarda en el universo o el que se escurre en nuestra fusión. Te miro y suspiro de pura alegría, del puritito deseo de tenerte siempre cerca, mujer fogata, cálida y serena. Besar tus labios que me besan y sentir explosión de estrellas.
     Sentir que sientes lo que siento. 
      Besar a tus labios que se alejan, sentir a tu sabor marcharse, sin respirar y extasiado. Es ahí donde el orden se acaba, es ahí donde la vida —la verdadera vida— comienza. Desapareces de mi pequeño círculo, en donde los rugidos callan y los relojes caminan. Hay nada, como la que guarda la distancia o la que se escurre entre el miedo. Te miro y suspiro, de pura tristeza, del puritito antojo de tenerte unos minutos más. Besar tus labios que se alejan y sentir el hundir de un titan. 
     Alejarme mientras de alejas, sentir a dos mundos olvidarse, respirar lento y desconcertado. Es ahí donde el orden acaba, es ahí donde la poesía empieza. Hay dolor en mi pequeño círculo, el dolor de volver a cerrarse, aunque quede una grieta viva. Hay dolor, como el que guardan los corazones locos o el que se escurre entre compañías. Ya no te miro y tampoco siento, pero sé que del dolor nacerá poesía. Alejarme mientras te alejas, sentir como das vuelta y...
     Ver a tus ojos que me ven: destrucción del orden.
     Acercarme mientras te acercas: destrucción del orden.
     Besar a tus labios que me besan: destrucción del orden. 
     Sentir que sientes lo que siento: destrucción del orden.
     Besar a tus labios que se alejan: destrucción del orden.
     Alejarme mientras te alejas: destrucción del orden. 
     Ver a tus ojos que me ven...
    



domingo, 12 de marzo de 2017

Adiós

«Te tengo en el cajón de los recuerdos
también el de los olvidos;
en el de los sueños rotos
y el de los sueños cumplidos»
—Rapsusklei


Pues no, después de todo no somos, no seremos, no pudimos. Quizás fui yo, o tal vez tú, ambos o ninguno; quién sabe. Pero aquí estamos, cada uno en su polo, viviendo en nuestro círculo, ese que nadie ha atravesado de verdad, que en sus límites guarda un montón de historias agradables pero secas, historias que hipnotizan pero no conmueven, que hacen ruido pero nada dicen, que se lloran pero no se sienten. Que lamentable tener que despedirse sin percatarse de que algo sucedió. Así como miramos emocionados el rastro de la estrella fugaz en el cielo, aún sabiendo que no volveremos a verla dentro de muchos años o tal vez nunca, así te veo, así te espero, así te siento. Que breve y placentero me resulta recordarte. Ni siquiera venir al mundo representa tanta luz como nuestro pequeño instante. 
     ¿Por qué te marchas tan pronto? No tengo problema en decir adiós pero, ¿cuál es la prisa? No nos dimos tiempo de sentirnos, querernos ni odiarnos. Nos marchamos sin más, sin alterar nada en el espacio, sin sufrir lo insoportable de un quebranto verdadero, sin desgarrarnos el alma, sin quemarnos, sin sentir al menos la magia en un beso. De cualquier manera, tengo un sitio reservado en mi memoria, por si decides volver.
     Te digo adiós, aunque no lo desee, te digo adiós porque me falta vida para conquistarte, porque hay abismos y volcanes a los que debo enfrentarme justo ahora, porque inevitablemente no sólo pienso en ti. Que absurdo sería decirte que mi mundo eres tú, te mentiría. Pero sí te pienso, sí te sueño, sí te anhelo. Hay verdades que se esconden entre silencios, otras, como estas, que se gritan en papel, pero ninguna tan certera como la que vive entre tus ojos, esa que sólo yo he visto y jamás revelaré. Pobres diablos aquellos que no pueden verla, siento lástima por ellos. Poco importa, las almas pequeñas no perciben la grandeza. 
     Hay adioses que ni siquiera tuvieron una bienvenida, hay bienvenidas que se repiten apresuradas, hay prisas que no puede alcanzar el amor, hay amores que se apresuran a recibir un adiós... Me despido pero no me he rendido. Podrás creer que me he dado por vencido, podrás creer que en medio de tanta niebla he perdido las agallas y que no era el vencedor que juraba ser, que más que David resulté ser Golliat, que detrás de tanta palabra no hay más que sonido. Pero no. El último soplo está por venir. 
     Porque gracias a ti aprendí que el coyote no siempre devora al zorro, que los mejores sentimientos no viven sólo del amor, que aunque sea a cuentagotas, es mejor sentir contigo que amar sin ti, que entre el querer y el odiar hay un puente y vivir a tu lado significa jamás cruzar hacia ningún extremo. 
     Adiós.
     Adiós.
     Adiós.

     En un mundo de extraños, esto no es más que una bienvenida.







miércoles, 8 de marzo de 2017

El león dorado

"¿Cómo puede este silencio tener tantos decibelios?"
-ZPU

En medio de nubes tristes, árboles tristes, hojas tristes, apareciste. Llevabas conmigo mucho tiempo sin darme cuenta, como una sombra, una sombra llena de luz y sosegada. No entiendo cómo, cuándo ni porqué, sólo sé que cuando abrí los ojos estabas ahí, rugiendo a través de tus pupilas, cazando con la habilidad única de tus labios, saciando mi sed con el río que recorre tu espalda. Que hecho más curioso que encontrar un león entre el bosque, un león dorado, de melena centelleante y aromática, piel suave, veneno mortal. 
     El mundo entero no me creerá cuando les diga que ya no sólo eres rey de la selva, sino también del bosque, de la sangre y el corazón. El mundo entero no me creería si les dijera que pude acariciarte, que en medio de estos puños llenos de estrés y de histeria se postró tu figura, y que la explosión más grande de la historia no fue el Big-bang, sino aquella que surgió bajo mi pecho, en el instante mismo en que sentí tu respiración. El mundo entero no me creyó cuando les dije que tendría algo contigo; no es amor, no es complicidad, es simplemente un momento, un instante que no pertenece más a una línea de tiempo. 
     ¿Escuchas eso? Son los secretos de la naturaleza, aquellos que Adán y Eva se llevaron a la tumba, los mismos que transformaron a los ángeles en bestias y de los que Dios no quiere que sepas. Pero mira qué inteligente resultó el todopoderoso, que creó el lenguaje para que no escucháramos los silencios, porque es allí donde se guardan todas las respuestas. Por eso el diablo es igual de fuerte, porque ha sabido escuchar al viento, al fuego, a las brasas, al mundo mudo. ¡Nos han mentido, el amor ha nacido en el infierno! 
     Hay garras de las que uno no puede zafarse aún cuando se sabe prisionero. Yo no sabía cuál era mi destino, pero juro que cuando me sentí envuelto entre tus brazos, si me comías o me destazabas me daba igual. Padecer de tu calor es la fiebre más placentera. Ahí, entre el peligro, me sentía más seguro que nunca. Qué ironía, yo iba en busca de paz y terminé enganchado a un poderoso huracán, uno de hilillos dorados y desordenados, con pies, manos y lunares, con ojos, boca y perfume. 

     Entre anarquías y desorden, un puñado de gotas borró todo rastro de gloria, toda huella, cada pedacito de cielo, se perdieron en la transparencia. 
     Yo sólo estaba en busca de paz, y me encontré con la furia de un león.
     Yo sólo estaba en busca de paz, y me encontré con la furia del amor.
     Y sí, hay amores que aunque no se consuman, brillan más que cualquier tesoro.



viernes, 24 de febrero de 2017

Mujer eléctrica

Te conocí en tu dulzura ardiente. Miles de hilillos de miel resbalaban sobre tu piel blanca hasta convertirse en fuego, un fuego que no descansa e incendia todo a su paso. ¿Cuántas víctimas, dime cuántas, han perecido ante tus llamas? Y es que, a primera impresión, luces como una simple fogata, discreta y sosegada, de esas que auxilian las noches frías de unos cuantos vagabundos. Sólo es una imagen, las llamaradas mortales no tardan en aparecer.
     Pero todo ese resplandor se convirtió en relámpago. De la nada caminabas hacia mí, expulsando chispazos eléctricos. Todo a tu alrededor parecía convertirse en luz después de años de oscuridad. De no ser porque llegamos tarde a este mundo, habría creído que eras Dios. Tan blanca como la luna, tan delgada, tan resplandeciente, lo único que uno puede hacer, es recibir las descargas que de ti se desprenden. Un collar de esferas rodeaba tu cuello, era como ver un sistema solar, con el sol azul y los planetas a la misma distancia. Y mientras más te acercabas, más claro me quedaba todo, como el barco que en medio de la tormenta divisa el faro que le anuncia que ha encontrado su destino.
      Mujer eléctrica, tus ojos son el ámbar responsable de esta magia, magia que levanta a los muertos e hipnotiza a los vivos, que desaparece pensamientos, que adivina tus sentidos. Tus labios no son el infierno pero ya queman a la distancia. Te acercaste más y sentí cosquilleos en todo el cuerpo. En mis venas ya no corría sangre, sino cargas eléctricas. Te acercaste tanto que me convertiste en rayo, porque morí tan sólo un instante después. Te acercaste tanto que puede comprobar que la electricidad también tiene aroma.
     Era la primera vez que veía convertirse el fuego en electricidad. Como un milagro o como un desastre, fue que entendí que el amor también puede dejarte ciego.


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viernes, 3 de febrero de 2017

Sinsentido consentido

«Cuando lleguemos a ese río, ya cruzaremos ese puente»
—Julio César


Miedo. Cinco letras lo suficientemente poderosas como para acabar contigo. No necesita aliados, simplemente te carcome hasta dejarte quieto, te ata los brazos y piernas, te cubre los ojos, aprieta el cerebro y quema tus huesos. No te engañes, no lo hace para darte una lección. Lo hace para divertirse, porque le encanta jugar y más aún, porque le encanta ganar. Es el sinsentido más consentido de la historia; todos le ofrecen regalos aún cuando no lo desean. Lleva un costal lleno de amores cobardes que no se dieron una carta, un abrazo o un beso, que no fornicaron, que no huyeron juntos, que ni siquiera iniciaron. Lleva un millón de "Te amo" y el doble de "Te odio". Carga consigo las letras absurdas que no te animaste a publicar, la canción que jamás tocaste en la serenata que siempre quisiste dar, el folclor de un baile que se quedó encerrado en lágrimas de vergüenza, el lienzo inconcluso que no te atreviste a enseñar. Tiene incontables gritos de enojo y de rebeldía, golpes contenidos, portazos ahorrados y conciertos perdidos. Lo que más le encantan son esas historias que nadie se animó a vivir, esas que quedaron atrapadas en simples miradas a distancia, cómplices, en busca de un auxilio que les aparte de su rutina. 
     Tú no lo sabes, pero siempre se anticipa. Su arma más poderosa es el futuro, ese que aún no existe y que te empeñas en creer que ya es una realidad. Antes de empezar el juego, despista a tu mente; pone ante ella diversos caminos, de los que duelen y los que no. No le preocupa enseñarte aquella vereda que te lleva al paraíso, porque sabe que no la vas a tomar. Te la muestra, la pone justo enfrente de tus pies, la adorna con florecillas y frutos coquetos, sólo para que desconfíes. Entonces emprendes un viaje terrorífico —en el mejor de los casos— o simplemente no tomas ninguno —como casi siempre—.  Tú no lo sabes, pero ningún camino está cerrado. Todos, sin excepción, te llevan a tu destino. Pero mira que tontos e ilusos los humanos, que ponen trabas ellos mismos, que construyen muros para después quejarse de haberlos hecho, que crean arenas movedizas para atraparse en ellas, que crean trampas para caer ellos mismos. 
     Al miedo le gusta que esperes, que te quedes estático. Cada segundo perdido, para él es un segundo ganado. Le encanta ver tu rostro débil, ese rostro de estúpido e indefenso niño. No sólo te amarra el cuerpo, también hace nudos en tu garganta, envuelve tu corazón, te corta la lengua, te desgarra los músculos. Es un maldito criminal y lo premian por ello. Asesina a los "Perdón", secuestra a los "Te quiero", viola tu soberbia, desolla a tu odio. Te arranca la piel y en su lugar coloca una coraza, una máscara de cuerpo completo, una falsa imagen para mostrarle al espejo.
     Es el sinsentido más consentido de la historia, porque a pesar de que nadie lo quiere, lo siguen apapachando, lo siguen invitando a sus casas en una noche de películas, a las cenas con un anillo escondido, a la mesa familiar donde se guardan los cariños, al momento de una despedida reversible, a los gritos de sus jefes. Cuando estás por marcar un gol, aparece. Cuando estás por aventarte al vacío, aparece. Cuando quieres aprender algo nuevo, cuando quieres revolucionar, cuando no estás de acuerdo con el político, cuando vas a cambiar tu rutina, cuando decides abandonar tu carrera para dedicarte a otra cosa, cuando abres los ojos, cuando das el primer paso, cuando das los últimos, cuando decides quedarte solo... aparece.
     Si a pesar de todo eres de los valientes, de aquellos que han logrado vencerlo, te felicito. El Miedo es un buen perdedor y  poco le importa una derrota; al final, adora seguir jugando. Si eres de los valientes sigue luchando, no desesperes. Sigue con el brazo fuerte y aplastando lo que te impida seguir tu camino. El mundo es de los osados y de los prudentes. No te prives de dar un abrazo o un buen golpe. Haz las preguntas estúpidas que te aquejan (puede ser un "¿Cuánto es dos más dos?" o "¿Quieres ser mi novia?"). No hagas caso a los poetas melancólicos que fallaron en el amor, escupe todas las palabras de odio que no dices por "respeto", no hagas caso a tus maestros si te dicen que no estás hecho para tal o cual cosa, no hagas caso a las estadísticas que sólo hablan de mayorías, evita el contacto con los tímidos y blandengues, teje los caminos y no esperes que se abran, ponte obstáculos y derríbalos como entrenamiento, repítete que arriba de ti sólo está un cielo... y eso temporalmente.
     Si decides ser pasivo y te entregas a las esperanzas, si decides agacharte y obedecer, si decides deambular sobre los terrenos que alguien más ya trabajó, eso es problema tuyo. Es tu decisión y a final de cuentas también se necesita ser valiente para vivir así. Si quieres, espera. Si quieres, observa. Si quieres, quédate ahí. Sólo recuerda que de tanto esperar podemos sacar raíces.




viernes, 27 de enero de 2017

El amor es como tirarse en un paracaídas

Te levantas temprano y emprendes un viaje hacia un lugar desconocido. Quisieras que el camino fuera más corto, que el colapso se disipara en un chasquido, que el resto de los individuos te dejen el camino libre. Pero eso no es posible, porque las grandes aventuras siempre vienen con varios minutos de retraso. O tal vez somos nosotros quienes llegamos temprano... Quién sabe.
     Cuando por fin llegas, te das cuenta que estás perdido. Ese territorio que estás pisando para ti es irreconocible. Habías estado cerca, pero nada más. Apenas tocas su suelo y ya sientes el calor invadiéndote, cada fibra de tu cuerpo reacciona con el ambiente y comienzas a arder. No lo parece, pero un fuego dentro de ti se ha encendido. Como estás desorientado, decides preguntar. Una mujer muy amable te dice: "Es por allí". Es una mujer con experiencia, conoce de caminos y destinos, de tiempos y memorias, Desde luego, sólo está para servir.
     Casi sin darte cuenta las horas han pasado, pero ya estás más cómodo, mejor preparado, más tranquilo. Cierras lo ojos hasta que el reloj grita con tranquilidad que ese divino instante ha llegado. Pero eso no es posible, porque las grandes aventuras siempre vienen con varios minutos de retraso. Tomas asiento porque es necesario esperar. Un nerviosismo sabroso te invade, las ansias por devorar al espacio te seducen y el miedo no es más que un compañero de travesía. Las reglas son muy claras: puedes sufrir lesiones, los trastornos pueden ser letales e irreversibles, ¡puedes incluso morir! Pero eso importa muy poco, estás decidido.
     En la televisión transmiten historias de éxito, finales felices llueven en cada relato. Sin duda hay un par que sufre por unos instantes, pero no tardan en superarlo. Es increíble como las personas pueden sonreír aún cuando el pánico les carcome el alma. La gente a tu alrededor se ha desvanecido, no te incumbe su existencia, sólo estás tú y la experiencia que estás por vivir. Hay algunos con experiencia, otros tantos que como tú, es su primera vez, hay maestros que te cuidan y novatos que te incitan. Mencionan tu nombre porque es tu turno de equiparte, una hazaña como esta debe tener la mejor protección posible. Minutos después, comienzas a caminar porque el retraso ha terminado.
     Aceleración.
     Incremento.
     Comienzas a volar.
   ¿Increíble, no es cierto? Ahora ya no hay marcha atrás. Todo o nada. Ya no hay lugar para intimidaciones. "Hay dos cosas muy importantes...", escuchas en tu oído. La primera decides ignorarla, "La segunda son mis manos. No las sujetes porque nada bueno saldría de eso". Sí, tomar a alguien de la mano también puede significar la muerte. Finalmente, ves caer al primero. Es una imagen tan brutal que te hace dudar por un segundo. ¡Ja! Inocente soñador.
     Fuerza.
     Viento.
     Comienzas a caer.
   ¡Te has tirado al abismo! El terror te invadió sólo unos instantes, brevísimos e interminables instantes. Ahora todo fluye a una gran velocidad. Escuchas los susurros del viento, el secreto de los pájaros, el rugir del cielo. El mundo se ve más pequeño, como si pudieras aplastarlo con un pie, y también más claro. Los detalles que hasta hoy desconocías, de pronto se presentan ante tus ojos. El inmenso lago se ha convertido en un charco en el qué saltar después de un día de lluvia. Todo luce más bello, como si el dedo de dios se hubiera escapado del himno sólo para postrarse ante tu gloria. Y ya no piensas en la caída, no hay más estudios, trabajos y deberes, no hay trofeos ni victorias, todo el pasado se borra ante la maravilla del presente. Da Vinci estaría orgulloso.
     Y así, sin más, algo te detiene. Ahora flotas sin dejar de descender, ahora eres más consciente de lo que está sucediendo, ahora puedes dirigir el momento. Estabilidad, le llaman. La ingenuidad ha terminado, el universo ya deambula a paso lento, no quisieras que terminara la paz que ahora vives. Sigues navegando entre las olas de aire, sigues creyendo que estás en el paraíso. ¡Ja! Inocente soñador. Mientras sigues soñando, las siluetas en la tierra te anuncian un final inevitable. Ya  no es algo que puedas decidir, el desenlace está por llegar. No hay más opción que preparar el aterrizaje. Sin remedio y con resignación, postras tus pies en el suelo. Todo ha terminado.
     
     Al final, el amor es como tirarse en un paracaídas: al principio crees que será eterno; luego te das cuenta de que es apenas un parpadeo.
     Al final, el amor es como tirarse en un paracaídas, no te marchas sin prometer que volverás a intentarlo.


lunes, 9 de enero de 2017

Laura

Entre al vagón. No había fallas en el tren pero aún así se tomó unos minutos antes de avanzar. Aproveché para caminar hacia el fondo. Mientras recorría los pasillos daba un vistazo a algunas personas en los asientos: el señor de traje negro, aunque con el rostro serio, luce feliz, lo sé por la leve arruga curvilínea que divisa a un costado de sus labios. La barba y los anteojos le dan un aire de licenciado, uno de esos fracasados que al fin tuvieron un día de suerte; la muchacha de la boca roja está inquieta, insegura. Quizá no cree estar bien arreglada o está por llegar a una cita importante. Seguramente salió sin permiso de sus padres, la profundidad de sus ojos indica rebeldía; el regordete de la izquierda está preocupado, el niño que sostiene su mando lo entiende y trata de animarlo con juegos inocentes; la anciana del bastón está ansiosa por llegar a casa (nadie le ha avisado que su viejo esposo ha muerto) y el idiota que está estorbando sólo piensa en pasar otro nivel de Candy Crush. 
     Es increíble la cantidad de mundos que hay en un pequeño espacio. Más increíble aún resulta saber que hay miles de historias que no conocerás jamás. Es una lástima, hay un montón de relatos escondidos entre cada par de labios que me gustaría escuchar... Un celular sonó y tan sólo unos segundos después cayó al suelo; detrás de mí la anciana del bastón miraba con la boca abierta y la mente perdida. ¿Una mala noticia? No me sorprende. 
     Seguí avanzando con mi libro en la mano. Algo dentro de mí me decía que ese escrito me traería buenos momentos. Después de todo yo también estaba inquieto, agitado por presencias invisibles, ido. Es uno de esos días en lo que tu cuerpo entero está en la espera de algo, con los huesos palpitantes y la piel fría, sin certeza de lo que el futuro le aguarda, pero convencido de que sucederá lo inesperado. "Como agua para chocolate", se leía en la portada. Llevaba mucho tiempo tratando de comprarlo. Ahora lo tenía en mis manos y si no había comenzado a leerlo era porque la sensación eléctrica en mi ser evitaba que me concentrara. Mientras caminaba di una rápida hojeada al contenido, tan descuidadamente que el libro cayó de mis manos. Me agaché a recogerlo y en el momento en que mis ojos se fijaron al frente, supe que era ese instante el que tanto había deseado.
     Piel morena como de cajeta, ojos grandes y labios delgados. Vestía una gruesa chamarra negra, una bufanda gris y unos pantalones deslavados. Los cabellos chinos amarrados en una cola de caballo y las manos pequeñitas que sostenían su teléfono. Hubo un brevísimo instante en el que nuestras miradas chocaron, y eso bastó para entender que estaba perdido. Perdido en un par de compuertas hacia algo tan misterioso como Dios mismo, tan peligroso como el demonio y tan fantástico como la vida. No, no, no. Esto es mucho más grave pero, ¿qué es? Sus ojos me observaron de nuevo, ahora desde una distancia más grande. No era una mirada de complicidad, pero intentaba decirme algo. "¿Por qué me ves? ¿Qué estás esperando para hablarme?", seguramente pensaba. Por supuesto, el hecho de que lo pensara no quería decir que lo deseara. Era más bien una intuición, un pensamiento entre lo deseado y lo temido.
     Salimos del vagón por puertas distintas. Ella, a paso apresurado se alejaba. No me esforcé en seguirla, pero mis pasos nos mantenían cercanos. Cuando caminaba movía las caderas de una forma espectacular, coqueta y exacta. No era una mujer de gran cuerpo, su cintura no reflejaba curvas sensacionales y sus piernas eran flacas, aunque bien proporcionadas. Desató su cabello dejando caer una grandiosa melena sobre su espalda. No sabía su nombre, pero la bauticé como Laura en honor a la escritora del libro que traía en manos. La rebasé evitando mirarla. Al pasar a su lado un viento caliente me abrasó hasta robarme una sonrisa. 
     Cuando volteé ella ya no estaba, pero la sonrisa seguía. 
    Es increíble la cantidad de mundos que hay en un pequeño espacio. Más increíble aún resulta saber que hay miles de historias que no conocerás jamás...


martes, 27 de diciembre de 2016

Origami

Hice un último doblez. Ahí estabas tú, con cuerpo de grulla y piel de papel. Cada pliegue representaba un recuerdo, de esos tan escasos e insignificantemente bellos, de esos que aún no existen pero guardan un lugar en la memoria. Cada beso un vértice, cada arista una caricia y un estúpido sentado, mirando fijamente una figura sin vida. La escultura no era roja, como quizá te hubiera gustado, más bien era blanca, horrorosa y sencillamente blanca. Una nada llena de vacío. Una nada tan pura que causaba en mí unas ganas incontenibles de gritar. Grité. Grité en un par de susurros: Te extraño. Un par de palabras con un par de significados; te extraño al echarte de menos y te extraño al conocerte tan poco. Extraño caso de extrañar a un extraño. 
     El nuestro fue un romance de papel, bien fabricado, bien trabajado, lento, elaborado con cuidado, con la delicadeza exacta de la imperfección. No es fácil conseguir un amor así, menos aún conservarlo. Los romances de papel son de artistas, maestros de la paciencia, pintores de los paisajes más oscuros, exquisitos, cicatrizantes; danzantes arrítmicamente sosegados; fotógrafos de cámara cerebral; escritores de letras invisibles; actores que no fingen; músicos de notas en trozos de cuaderno de secundaria. Un romance de papel, si se cuida puede ser monumento al amor, si se abandona termina en los residuos de la pasión. 
     Origami: otra forma de hacer arte con papel, otra forma de encerrar amores. Uno se siente Dios al crear y destruir personajes, uniendo y pulverizando vidas. Prueba y error, después de todo Dios también es científico. Después de todo, fallar también es de dioses. Si me dieran a elegir entre escribir y esta grulla, elegiría la grulla y escribiría sobre ella. Letras que vuelan sobre papel son más. Letras que vuelan sobre ti son poesía. El mundo está lleno de faltas, y tu cuerpo es un nuevo mundo. Mujer bonita, a las cerezas de tus labios les hizo falta madurar, a la suavidad de tu cuello le hizo falta humedecerse. Cada uno de tus ojos está falto de aventuras por ver, cada uno de tus dientes necesitan más sonrisas que derramar. El lunar de tu espalda está esperando un juego de besos. 

     En fin, te tengo una sorpresa: hace rato que moví la figura de lugar. ¿Quieres saber dónde se encuentra?

    Origami: otra forma de hacer arte con papel, otra forma de encerrar amores.




Mujeres y otras deidades (I)

PRIMERA PARTE: EL DÍA QUE DIOS SE SENTÓ A OBSERVAR Sentado al filo de la mesa, con una copa de vino rotando con su muñeca, Dios observa....