lunes, 9 de enero de 2017

Laura

Entre al vagón. No había fallas en el tren pero aún así se tomó unos minutos antes de avanzar. Aproveché para caminar hacia el fondo. Mientras recorría los pasillos daba un vistazo a algunas personas en los asientos: el señor de traje negro, aunque con el rostro serio, luce feliz, lo sé por la leve arruga curvilínea que divisa a un costado de sus labios. La barba y los anteojos le dan un aire de licenciado, uno de esos fracasados que al fin tuvieron un día de suerte; la muchacha de la boca roja está inquieta, insegura. Quizá no cree estar bien arreglada o está por llegar a una cita importante. Seguramente salió sin permiso de sus padres, la profundidad de sus ojos indica rebeldía; el regordete de la izquierda está preocupado, el niño que sostiene su mando lo entiende y trata de animarlo con juegos inocentes; la anciana del bastón está ansiosa por llegar a casa (nadie le ha avisado que su viejo esposo ha muerto) y el idiota que está estorbando sólo piensa en pasar otro nivel de Candy Crush. 
     Es increíble la cantidad de mundos que hay en un pequeño espacio. Más increíble aún resulta saber que hay miles de historias que no conocerás jamás. Es una lástima, hay un montón de relatos escondidos entre cada par de labios que me gustaría escuchar... Un celular sonó y tan sólo unos segundos después cayó al suelo; detrás de mí la anciana del bastón miraba con la boca abierta y la mente perdida. ¿Una mala noticia? No me sorprende. 
     Seguí avanzando con mi libro en la mano. Algo dentro de mí me decía que ese escrito me traería buenos momentos. Después de todo yo también estaba inquieto, agitado por presencias invisibles, ido. Es uno de esos días en lo que tu cuerpo entero está en la espera de algo, con los huesos palpitantes y la piel fría, sin certeza de lo que el futuro le aguarda, pero convencido de que sucederá lo inesperado. "Como agua para chocolate", se leía en la portada. Llevaba mucho tiempo tratando de comprarlo. Ahora lo tenía en mis manos y si no había comenzado a leerlo era porque la sensación eléctrica en mi ser evitaba que me concentrara. Mientras caminaba di una rápida hojeada al contenido, tan descuidadamente que el libro cayó de mis manos. Me agaché a recogerlo y en el momento en que mis ojos se fijaron al frente, supe que era ese instante el que tanto había deseado.
     Piel morena como de cajeta, ojos grandes y labios delgados. Vestía una gruesa chamarra negra, una bufanda gris y unos pantalones deslavados. Los cabellos chinos amarrados en una cola de caballo y las manos pequeñitas que sostenían su teléfono. Hubo un brevísimo instante en el que nuestras miradas chocaron, y eso bastó para entender que estaba perdido. Perdido en un par de compuertas hacia algo tan misterioso como Dios mismo, tan peligroso como el demonio y tan fantástico como la vida. No, no, no. Esto es mucho más grave pero, ¿qué es? Sus ojos me observaron de nuevo, ahora desde una distancia más grande. No era una mirada de complicidad, pero intentaba decirme algo. "¿Por qué me ves? ¿Qué estás esperando para hablarme?", seguramente pensaba. Por supuesto, el hecho de que lo pensara no quería decir que lo deseara. Era más bien una intuición, un pensamiento entre lo deseado y lo temido.
     Salimos del vagón por puertas distintas. Ella, a paso apresurado se alejaba. No me esforcé en seguirla, pero mis pasos nos mantenían cercanos. Cuando caminaba movía las caderas de una forma espectacular, coqueta y exacta. No era una mujer de gran cuerpo, su cintura no reflejaba curvas sensacionales y sus piernas eran flacas, aunque bien proporcionadas. Desató su cabello dejando caer una grandiosa melena sobre su espalda. No sabía su nombre, pero la bauticé como Laura en honor a la escritora del libro que traía en manos. La rebasé evitando mirarla. Al pasar a su lado un viento caliente me abrasó hasta robarme una sonrisa. 
     Cuando volteé ella ya no estaba, pero la sonrisa seguía. 
    Es increíble la cantidad de mundos que hay en un pequeño espacio. Más increíble aún resulta saber que hay miles de historias que no conocerás jamás...


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