domingo, 11 de febrero de 2018

Postdata de mi sueño

A ella no le gusta la lluvia y sin embargo, nuestro primer beso fue bajo su regazo. Miles de gotitas se impregnaban en nuestra ropa, en nuestro cabello y en nuestra alma. Sus labios a veces resbalaban, al igual que los míos; pero jamás desistimos de volver a intentarlo, de volver a chocarlos en suaves caricias húmedas y frías. "Mis piernas están temblando", me había dicho apenas el día anterior, en nuestro primer abrazo. "Mi corazón tiembla", respondí. Había mentido y se lo dije mientras el agua nos seguía empapando. "Mi corazón no temblaba. Más bien estaba jodidamente paralizado". Eso sí era cierto. Quieto, como si una bala le hubiera atravesado de extremo a extremo, había dejado de latir, tal como en ese instante. Jamás había estado en una situación similar, un momento en el que nada en mi cuerpo parecía reaccionar. Siempre existía alboroto, caos, palpitaciones a mil por hora, pero ahora, inmóvil, esperaba una orden del cerebro. Él, estúpido y enamorado, había decidido que era tiempo de sinrazones. 
    A ella no le gusta la lluvia y sin embargo parecía bendecirnos. Sobre ese pequeño puente se sellaba nuestro pacto, un contrato de sentimientos. Busqué su rostro. Viaje desde su mejilla derecha a la comisura de sus labios, de la comisura a la boca y de la boca al otro extremo. Y de extremo en extremo fui perdiendo la razón. Sus abrazos me robaban el aliento, tanto por su dulzura y calidez como por su fuerza y energía. Recordé cuando de niño jugaba a los Encantados, si te tocaban no podías moverte hasta que alguien más te volviera a la vida. Nadie me dijo que Los Encantados no era sólo un juego, que podías encantarte de verdad. Nadie me lo dijo y en consecuencia ahí estaba yo, con cara de tonto, el cabello ridículo y sin poder moverme. Mentalmente, quiero decir. Jamás imaginé que su ternura era una gran estratega del juego. Si el mundo me preguntara, respondería que perdería el juego con tal de quedarme encantado eternamente.
     A ella no le gusta la lluvia y sin embargo se quedó conmigo. Estaba enferma y se quedó conmigo. "Te vas a enfermar", me dijo. "No, tú te vas a curar" le respondí. No sería un buen doctor, a todo paciente me encargaría de recetarle una buena dosis de besos, de amor, de euforia. No me imagino a alguien con cáncer curándose con cariño, pero al menos se olvidaría del cáncer. 
     A ella no le gusta la lluvia, ni tampoco que la tome de la mano; pero caminamos enganchados el regreso. Su vestimenta era la misma que en la primera vez que la reconocí linda. ¿Quién habría adivinado semejante coincidencia? Dato curioso: No me gustan sus Casualidades perfectas, pero me encantan si las vivo con ella. 
     Regresamos al mundo, secos y más vivos. Mientras la miraba en silencio , escuché de repente en mis adentros:
     
     Postdata: cuan magnífico es saber que hace frío afuera, pero bajo el pecho un calor está naciendo. No busques más. El tiempo enseña, que los sueños nunca engañan*     
Pintura: Jeff Rowland

*Mi gente- Sharif Fernández ft Pablo.
     
     



No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Te convertirás en Van Gogh

Arráncate la oreja.  Mejor las dos.  Revienta tus tímpanos.  Deja que sanen de a poco  con la suavidad de sus palabras.  Sólo de...